El caso de Caterina B.

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Mientras mis compañeros de instituto pasaban los fines de semana yendo al cine y al McDonald’s, ligando y empezando a salir de fiesta,
yo a los quince años los domingos me los pasaba en el terreno de mi padre, un campo perdido por el Baix Camp, leyendo y hurgándome los granos. Hacia los quince años, por culpa de mi obsesión por George Harrison, descubrí el hinduismo, la meditación transcendental y el kundalini.
Entre las prácticas de yoga en el huerto y las lecturas de clase de literatura (Juan Ramón Jiménez y Machado sobre todo), se me despertó el tercer ojo literario y me dio por escribir mi propia obra a base de poesía pastoral, versos panteístas y rima consonante.

Mi otro yo, la gamberra reprimida, se explayaba entre las páginas de los fanzines caseros Pepito Grillo y Foti Pelos, autoeditados con mi hermana, con una sección mensual de poesía
firmada bajo pseudónimos como Prótesis, Ocre Mediocre o Macizo. El resultado son poemas vanguardistas de pacotilla o simples calcos de las rimas de Bécquer.

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