Bun! La exhibición de atrocidades

INFANCIA EN ESCABECHE #2

Como bien dijo el agente especial Dale Cooper en la referencial serie de televisión Twin Peaks (David Lynch y Mark Frost, 1990) “Cuando dos sucesos aparentemente inconexos acaecen al unísono, debemos prestarles toda nuestra atención.”
Pongamos así de relevancia, con la cabecera de la presente exposición, la relación que subyace entre la publicación de la obsesiva y enfermiza colección de micronovelas de J.G. Ballard La exhibición de atrocidades, -obra que, como indica su título, expone las diferentes formas de violencia irracional del mundo moderno, las formas de terror post nuclear y la tecnificación de las relaciones humanas, anticipo de su conocida novela Crash (llevada turbadoramente al cine por David Cronenberg, en 1996), en la que enfatiza desde el factor erotizador al fenómeno catártico de los accidentes automovilísticos, hasta una nueva concepción estética, entendiendo la escultura que compondrían los hierros retorcidos y desvencijados del coche, los miembros cercenados y la sangre derramada del conductor, como un todo artístico, singular e inigualable- con una de las primeras obras de Rubén, Bun! (1984), en la que, con tan solo cinco tiernos años de edad, nos retrata la terrible escena de un accidente múltiple, si bien con unos referentes mucho más populares y televisivos:

“Si no me equivoco, El coche fantástico es lo que trataba de reproducir en el dibujo “Bun!“. Los coches dando vueltas de campana o chocando o explotando siempre me han fascinado, sobretodo si eran a cámara lenta. A partir de la adolescencia, a la fascinación se le unió el miedo y la angustia, pues descubrí que tras esos accidentes tan vistosos, estaban los cuerpos descuartizados, el dolor, las ambulancias y los gritos (me refiero a los de verdad, no a los del Equipo-A, etc.) y subir a un coche se convirtió en una inquietante experiencia.”

Os damos la bienvenida a Bun! la segunda muestra de Infancia en escabeche, de la misma manera en que la banda Joy Division recitara en su estribillo de “Atrocity Exhibition”, tema con el que -bajo la influencia de Ballard-, abrían su álbum Closer (1980): “This is the way, step inside…

1. El caso de Rubén G.

 
“Para mí, el valor de Rubén es el de seguir siendo un niño asustado que ve el mundo como un lugar grande, misterioso y bello.”

Jonathan Millán / Culturas-La Vanguardia.

Rubén Garzás Gómez es hoy el conserje de una escuela de Getafe, la misma en la que cursó primaria y en cuyos pasillos rodó su primer cortometraje El robot asesino y fantaseó dibujando sus primeras matanzas.

Décadas después, ocupa su jornada laboral en retratar desde conserjería las pesadillas y obsesiones que le acompañan desde la infancia, con idéntico material con el que los dibujara entonces: bolis y folios. A la par, colecciona dibujos de los niños que hoy llenan sus aulas a cambio de las historias de terror que él mismo les cuenta.

La obra de Rubén despierta el miedo y abre las puertas al laberíntico infierno de su imaginación desatada, pero sigue siendo, en cambio, esa pureza infantil irreductible la que continúa moviendo los bolígrafos de un artista que se resiste a sofisticarse y a profesionalizarse. De no haber sido porque Jonathan Millán (coautor de otro exitoso libro reciente, Hervir a un oso) descubriera los dibujos de Garzás en su blog (violenciayterror.blogspot.com/) a través de otra bitácora, las ilustraciones recopiladas bajo el título de Violencia y Terror publicadas el presente año por Belleza Infinita no hubieran salido de la portería del colegio Los Ángeles.

“Lo descubrí a través del blog de Xavi Daura (uno de los Venga Monjas, forjandotexas.blogspot.com), él los llamaba “locuras de autocar”. Lo vi y me gustó mucho. Para mí fue un golpe de aire fresco, unos me gustaban más y otros menos pero había algo de haber sido fiel a uno mismo y no dejarse viciar por el entorno, no profesionalizarse y buscar hacia dentro sin que la realidad casi ni le tocase. Fui siguiéndolo hasta que se me pasó por la cabeza la idea de que molaría un libro recopilatorio de sus dibujos, más que nada por egoísmo puro, porque quería ver todos sus dibujos juntos, en grande y en papel. Así que se lo propuse a Gari, de Belleza Infinita, se lo miró y le encantó.”

De ahí que la Galería Alegría dedicara una exposición con su obra gráfica actual y que desde Infancia en escabeche hayamos decido rescatar su sobrecogedora producción infantil y adolescente, comprendida por centenares de dibujos, cortometrajes, cómics, rudimentarios zoótropos, viodeocreaciones y grabaciones de audios en cassettes; en completa coherencia con el espeluznante universo de su obra actual, demostrando que a pesar de todo, Rubén sigue siendo ese “niño asustado que ve el mundo como un lugar grande, misterioso y bello”.

2. Infancia y milagros de Rubén G.
Rubén G. tenía unos 5 años cuando descubrió que, de entre todos los objetos de su casa, los que más le fascinaban era la colección de viejas navajas de afeitar que su padre guardaba en un maletín que acabaría siendo suyo. La carrera artística de Rubén empieza cuando decidió inmortalizar esas cuchillas cercenando a un animalito en tonos amarillos y azules, con una enorme boca dentada de la que asoma una mano con gesto desesperado, dibujado sobre una página en blanco del libro Érase una vez el hombre. Recién expulsado el paraíso de beatitud y unión con el todo en el que vivimos en nuestros primeros años de existencia, Rubén se ve confrontado por primera vez con la crueldad de la existencia. Se inicia así una minuciosa cartografía, bolígrafo en mano, de las diversas atrocidades que nos ofrece nuestro desconcertante mundo.

animal con navajas

A este animal mutilado le siguieron decenas de dibujos que llenan sus primeros cuadernos de escuela. Sin duda, a Rubén la letra, con sangre, le entraba mejor, pues ilustraba sus abecés (en los que en lugar de la manida frase “Mi mamá me mima” leemos un inquietante “Mamá me duele”) con imágenes de gente acribillada a tiros, caídas, bofetones y algún que otro empalamiento.

Entre los años 1982 y 1985, Rubén plasmó su arte en los blocs de dibujo del colegio, en los que encontramos un inventario de los temas recurrentes de esta primera etapa: catástrofes, escenas de películas de acción, golpes y pistolas, se repiten por doquier.



El agua aparece también como algo terrible; adolecía Rubén de cierta hidrofobia que le llevó culpar a este elemento de tsunamis, naufragios, ahogos y mutilaciones diversos. Son tantas las atrocidades descritas en estos blocs escolares que incluso los dibujos inocentes del Pato Donald y de Mickey Mouse que encontramos entre sus páginas se impregnan de un cierto aire inquietante…

Uno de los principales detonantes de la imaginación desatada de Rubén en estos años fue el cine. Antes de lanzarse al celuloide, cámara de vídeo doméstica y Super-8 en mano, Rubén ya había explorado caminos más modestos de aproximación al séptimo arte: a mediados de los 80, creó el “Cine la Petra: una porquería tolerada”, una serie de rollos de papel con fotogramas dibujados a mano, con historias diversas (El Asesino, El sonámbulo, Los Deportes Olímpicos). Rubén realizaba pases de estas películas en el patio de su colegio, previo pago de una entrada,  y valiéndose de un artilugio creado por él mismo, una suerte de zoótropo casero construido con una botella agujereada.

Hacia 1985 se fue consolidando su cinefilia, aunque muchos de sus primeros dibujos se nutrían ya de escenas de películas y series de televisión, en los que emulaba, por ejemplo, escenas de golpes, accidentes automovilísticos y caídas a cámara lenta. Sus preferencias cinematográficas giraban en torno de las películas de acción, especialmente de westerns, filmes de artes marciales y las producciones de Steven Spielberg. La cinefilia de Rubén le acompañaría mucho tiempo y podemos encontrar en dibujos ya adolescentes influencias de las películas de Tarantino (maestro en el arte de la esteticización de la violencia en el cine), entre otros.

En ningún momento abandonó Rubén su indagación, no sin cierta sorna, de los más diversos temores; así, no dejó de crear cómics de intriga como Sótano, de recrear tsunamis o imaginar jocosos chistes acerca de accidentes de aviación y hombres quemados vivos. Mención aparte merecen los autorretratos que Rubén inició en esta época y que seguiría produciendo en años venideros; autorretratos tristes, tenebrosos o directamente descompuestos, siempre reconocibles por una perenne peca en la mejilla.

Sótano

Fue de la mano de un director de cine, Luis Buñuel, y tras la lectura de su autobiografía Mi último suspiro, como Rubén, a los 16 años, descubrió a los surrealistas. Aliviado al descubrir la imaginación libre de estos artistas, Rubén, empuñando su boli Bic, se lanzó a la producción de imágenes que explotarían sin censuras los rincones más terroríficos de su subconsciente: cadáveres, ahorcados, pesadillas, Cristos putrefactos, demonios, locura y sangre. Y ojos; ojos arrancados, agrandados a lo Margaret Keane o convertidos en cuernos, aunando reminiscencias fálicas, visionarias y siniestras (no olvidemos que el miedo a que nos arranquen los ojos es, según Freud, una de las metáforas más efectivas de lo siniestro).

Del niño que soñaba con navajas llegamos a un adolescente en descomposición (literalmente, Rubén se retrata a sí mismo como un cadáver con la soga al cuello y la cara podrida) que da forma a su angustia con obras violentas y terroríficas, que intentan abrir grietas en la realidad para acceder a dimensiones preedípicas. Sin saberlo, Rubén oscila entre el simbolismo de sus fantasías espectrales y un tipo de arte contemporáneo, descrito por Hal Forster, que trabaja con lo obsceno y la abyección y que convierte los cuerpos en elementos mucho más que reales, al mostrarlos desangrados o mutilados, en lo que se ha dado en llamar realismo traumático.

3. Obra fílmica

WestWorld (traducida al español como Almas de metal), protagonizada por Yul Brynner -el filme de un robot asesino con forma humana que siembra el pánico en un parque de atracciones futurista-, impactó de tal manera en Rubén que no dudó en emularla rodando en el patio del colegio un remake de la misma, El robot asesino, grabación que quedó incompleta debido a una inoportuna interrupción por parte del antiguo conserje de la escuela.

Antes de eso, ya había rodado Fuego, una suerte de cinta entre lo experimental, lo conceptual y el costumbrismo rural dominguero que haría las delicias de Iván Zulueta.

Mención aparte merecen Hematoma y Matanza de domingo, protagonizadas por su hermana Marina, quien fuera su Anna Karina particular y que representan, en nuestra opinión, las cintas más deliciosas de Rubén.

Recuperamos también Tarde sangrienta, primera incursion de Rubén en el film noire cuyo sangriento final nos queda velado, pues alguien grabó un programa de Telemadrid sobre la cinta.

Por último, Play, el último cortometraje de Rubén y su amigo Gonzalo, indaga en la abulia y el desasosiego adolescente en un filme experimental cuya dirección de actores deja a Aki Kaurismäki como a un director de comedietas.

Matanza de Domingo
El Robot Asesino
Hematoma
Sanjacobo con Patatas
(o la historia de la Pasión de Jesucrista)

 

Texto de Caterina Balcells y Oliver García Mancebo