INFANCIA EN ESCABECHE

INFANCIA EN ESCABECHE pretende actuar, como su nombre sugiere, como esa forma de preservación de una de aquellas delicatessen que están tanto al alcance de los bolsillos más (pop)ulares como de esos paladares de gustos omnívoros y desprejuiciada voracidad: la conservación de sustancia infantil y pueril, a través de la exhibición de sus muestras de creatividad, previo proceso arqueológico de excavación -como quien rastrea en busca de trufas- con afán de redención artística.

Según nuestro imaginario colectivo, si hubiera que adjetivar la niñez identificándola con alguna forma de conserva alimenticia sería con el almíbar, cuando el escabeche -una preparación a base de vinagre, aceite y pimienta- se antoja una técnica mucho más acorde con la acritud y con la amplia gama de sabores con la que a menudo vivimos esas edades. En consecuencia, lo que se pretende poner de relevancia serán aquellas labores creativas que expresen singularidades, a partir de una estética naíf y autodidacta, que abarquen desde sublimados mundos de fantasía a sentimientos como el despertar a la sexualidad, la pulsión violenta o las inseguridades en la formación de la propia identidad.

Quien solo busque el virtuosismo y la excelencia técnica en el arte seguramente no va a encontrar la satisfacción en esta serie de exposiciones; pero quien sepa apreciar el poder de un discurso personal que responda a una fuerte motivación expresiva que no se deja limitar por modas y tendencias, hallará aquí estímulos para un refrescante gozo estético.

El niño es un outsider por naturaleza y el adolescente lo es por definición: una figura marginal en tanto que permanece ajeno a lo culturalmente establecido por los adultos. Es mediante su alteridad asilvestrada que desde aquí vamos a reivindicar nuestro derecho a crear formas de apreciación y deleite artístico alternativas.

Con este argumento legitimaremos la obra expuesta bajo el rubro del Outsider Art o Arte Marginal, que acuñara durante los años setenta el crítico Roger Cardinal, siguiendo la estela del Art Brut concebido a mediados del siglo pasado por el artista Jean Dubuffet, cuando se interesó en la colección y difusión de la obra artística producida por personas internadas en instituciones mentales.

Pero si bien la acepción fundacional de esta corriente se limitaba a su vínculo con la enfermedad mental, a partir de Cardinal se hace extensiva a aquellos artistas que, sin pertenecer al circuito oficial del arte, han generado propuestas que aportan una visión novedosa al discurso artístico, precisamente por no estar sujetos a los dictados y corrientes en boga. Algunos de ellos han conseguido una crucial repercusión en la cultura alternativa contemporánea, como Henry Darger, Daniel Johnston o Klaus Beyer, por citar solo algunas figuras paradigmáticas de artista outsider.

Si, por tanto, el artista marginal es aquel que desarrolla su obra sin contacto y al margen de las instituciones artísticas establecidas, ¿podemos considerar toda la producción creativa realizada por niños y adolescentes como Outsider Art? ¿Tiene sentido vender esta exposición como una muestra de “arte outsider infantil” sin que la expresión resulte reiterativa?… Será quizá más productivo omitir la impertinencia de esas preguntas y comprometernos en cambio a rescatar del olvido, seleccionando solo aquellos casos en los que, ya sea por su singularidad, por su extravagancia, por su profundidad o por un irresistible je ne se quoi, que esta forma de arqueología y escabechada pop merezca el esfuerzo.

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